jueves, 14 de abril de 2011

Un roble lo crean dos fuerzas simultáneas. Evi­dentemente, la primera es la bellota, la semilla que contiene la pro­mesa y el potencial, que al crecer se convierte en el árbol. Eso está clarísimo. Pero son pocos los que reconocen otra fuerza impor­tante, la del árbol futuro, cuya ansia de existir es tan enorme que hace eclosionar y brotar la bellota, llenándola de vigor, guiando la evolución desde la nada hasta la madurez. Hasta tal punto que, en opinión de los filósofos zen, es el propio roble quien crea la be­llota de la que nace.




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